Tula: ¿Qué necesitan los nuevos líderes?

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Las condiciones generales de vida de la sociedad mexicana están marcadas por una serie de riesgos muy altos, desde un desequilibrio hasta su destrucción y su muerte.   

Las religiones, las escuelas, los centros laborales se han desvinculado de las familias, parece que ya no pueden caminar juntos, pues no se ven y no se sienten articulados en su empuje al desarrollo del país.

Esa desarticulación se ve, se siente, en todo, en todas partes, a toda hora.

No se trata de una perspectiva catastrófica o pesimista, es la cruda realidad revelada a diario.

Ante eso, nuevos liderazgos vinieron a suplir a los liderazgos clásicos, esos que entraron en declive y terminaron por ser desplazados.

No obstante, parece que los nuevos perfiles a cargo de la dirección de las sociedades (y dentro de ellas, las familias, las organizaciones, los grupos sociales), no tienen claras ciertas cosas para cumplir satisfactoriamente con su misión de liderato.

Los funcionarios públicos y los representantes populares, dos categorías aceleradamente desgastadas, gozan de muy poca credibilidad.

A pesar de que cumplen con sus funciones básicas, a pesar de que algunas veces van más allá de lo elemental, no “llenan el ojo” de sus gobernados o de sus representados.

Y, frente a estos líderes, la población también parece estar insatisfecha ante todo y por todo… o por nada.

El estatus de la población a la que nada le gusta, nada le parece, es más que grave.

Nos habla de una enfermedad muy delicada, porque entonces ¿quién sí les gusta para su nuevo presidente municipal, para sus nuevos síndicos o regidores, para su nuevo diputado local, para su nuevo diputado federal, para sus nuevos senadores, para su nuevo presidente de la República, si nada ni nadie les gusta?

Aun hay algo peor: hay quienes defienden hasta la muerte su convicción de que todo está mal y solamente lo que ellos piensan, sienten, expresan o hacen, es lo correcto.   

La comunicación colectiva en Tula de Allende, Hidalgo, México, entró en un tramo muy complicado de su ruta.


Los representantes de las instituciones se han desgastado y su capacidad de respuesta se ha limitado al ataque, como defensa.


El ciudadano común (que implica hombres y mujeres) está indefenso y apela, también como defensa, al ataque público, anónimo o descarado.

La gente no ha querido esperar a que se agoten los procesos y se cumplan los tiempos, se ha desatado una desesperada carrera por alcanza hoy mismo la siguiente etapa, la que sea pero que ya venga.    

Las redes sociales están convertidas en un circo sangriento, en una carnicería. Los mensajes difundidos en Facebook superan por mucho en la atención de la gente, que las versiones reales (no digamos las llamadas “versiones oficiales”, que también se han convertido en burlas, mofas, esperpentos).

¿Qué se va a hacer en estas circunstancias si la sociedad debe ya tomar decisiones, emprender acciones, para renovar sus cuadros de gobierno a partir de los nuevos liderazgos? Menuda tarea.

A ver quién es el valiente ratón que se atreve a ponerle el cascabel al gato.

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