Hay un dato que a Tula le pesa: según la Secretaría de Seguridad Pública de Hidalgo, el
45% de los robos en la autopista Arco Norte ocurre en la zona de Tula de Allende. La
concesionaria asegura que los asaltos bajaron 71% en el primer semestre de 2026, aunque
el secretario de Seguridad cuestionó esas cifras y recordó que ya hay cámaras y módulos,
pero que falta ver más resultados. Sea como sea, hay una verdad sencilla: queremos
números más bajos y caminos más tranquilos.
Pero la seguridad no vive solo en la carretera. Vive en la parada a las diez de la noche, en el
transporte de personal que regresa de la chamba, en el camión que lleva a las y los
estudiantes y en el taxi que se toma con prisa. Muchas mujeres hacen cuentas antes de salir:
a qué hora regreso, por dónde, quién sabe dónde estoy. Ese cálculo diario es un cansancio
silencioso que no debería existir.
Mi apunte tolteca: Tula ha sido siempre ciudad de caminos, de paso y de encuentro. El
guerrero camina atento, pero no paralizado por el miedo, y entiende algo importante: nadie
camina sola cuando la comunidad camina con ella. La seguridad se construye entre
autoridades, empresas, transportistas y vecinas, con tecnología, pero también con
confianza.
Y hay avances que celebrar. En Tula, por ejemplo, entraron en función taxis seguros con
código QR que permite avisar a un contacto los datos del conductor y del vehículo,
pensados para proteger a las mujeres que usan el transporte público. Esa es la ruta:
soluciones simples, cercanas y que se puedan usar desde el celular. En Tlaxcala, por
ejemplo, una estrategia contempla iluminación especializada en paradas, senderos y plazas,
con prioridad en zonas por donde transitan estudiantes y mujeres. Buenas ideas que Tula
puede adaptar.
Ahora, lo que sigue: paradas bien iluminadas, rutas de personal seguras para quienes salen
de turnos nocturnos, transporte confiable para estudiantes, botones de alerta, redes de
vecinas que se avisan y mecanismos de denuncia fáciles y confiables. Las empresas de la
región tienen un papel enorme, porque quien contrata a cientos de mujeres también debería
garantizar que lleguen bien a casa. Y las propias mujeres tendrían que estar sentadas en la
mesa donde se diseñan las rutas.
La mirada hacia adelante es esperanzadora: un Tula donde una joven pueda estudiar de
noche, trabajar en un segundo turno o salir a divertirse sin pensar en el miedo es un Tula
más libre, más productivo y más humano. Si queremos una región que crece, ¿no es lo
mínimo que todas podamos regresar a casa tranquilas?








