Hoy, 2 de noviembre, México huele a cempasúchil, pan de muerto y vela encendida. Y no es solo nostalgia: en Guanajuato se esperaban cerca de 300 mil visitantes entre el 30 de octubre y el 2 de noviembre, un 7% más que el año anterior. En Hidalgo, el Xantolo llena de música y danzas la Huasteca. Y en la región de Tula, los municipios armaron desfiles y concursos de altares y de disfraces. O sea: nuestros muertos están más de moda que nunca. Y qué bueno.
Pero ojo con quedarnos en la foto. Desde la mirada tolteca, la muerte no es el final del chisme, es la mejor consejera que tenemos. Está siempre ahí, a tu lado, recordándote que tu tiempo es limitado y que no hay que gastarlo en lo que no vale la pena. Por eso el guerrero no le teme: la usa como brújula.
Aquí viene mi apunte: ¿qué pasaría si el altar no fuera de una noche, sino de todos los días? Si pusiéramos en la mesa lo que de verdad importa: una llamada pendiente, un perdón que no damos, ese sueño que dejamos “para después”. Los que ya se fueron no necesitan que les pongamos su comida favorita; necesitan que vivamos con ganas.
La buena noticia es que las nuevas generaciones ya lo están haciendo. Están rescatando tradiciones, hablando de su identidad sin pena y convirtiendo la cultura en orgullo, no en museo. Eso no es moda pasajera: es una semilla. Cada joven que se pregunta “¿de dónde vengo?” está plantando un futuro con raíces.
Ahora, la mirada hacia adelante. Si hoy celebramos con tanta fuerza, mañana podemos cuidar con la misma fuerza: nuestras zonas arqueológicas, nuestras lenguas, nuestras abuelas y sus recetas. Una tradición no se sostiene con un día de fiesta, sino con decisiones chiquitas y constantes el resto del año.
Así que, cuando se apaguen las veladoras, que no se apague lo demás. Pregúntate: si hoy fuera mi día en el altar, ¿qué querría que dijeran de mí? Y empieza a escribir esa respuesta con tus actos desde mañana.













