Dicen que Einstein llamó al interés compuesto la octava maravilla del mundo. No sé si lo dijo, pero la idea es cierta: el dinero crece, y además crecen los intereses que ese dinero ya generó. Quien ahorra 500 pesos al mes durante uno o dos años casi no nota la diferencia. Quien lo hace durante veinte descubre que el tiempo trabajó a su favor. El secreto no es la cantidad inicial sino la constancia, y lo que más pesa en la fórmula es el tiempo.
Esa lógica no es exclusiva del dinero. Las ciudades también funcionan con interés compuesto, y Tula de Allende está en un momento en que lo que sembremos hoy puede rendir mucho más de lo que imaginamos.
Tula tiene ya un historial largo de aportaciones a la región y al país: la refinería Miguel Hidalgo, la planta de Cruz Azul, la generación de energía de la CFE. Hoy se habla de nuevas inversiones y de proyectos como el tren México-Querétaro y el saneamiento del río y de la región. Una inversión grande, por sí sola, es solo el capital inicial. Lo que determina si se convierte en bienestar duradero es lo que hagamos los tulenses alrededor de ella.
Pensemos en lo cotidiano. Un ciudadano que no tira basura en la calle ni en el cauce del río hace una aportación pequeña. Un comerciante que cumple con sus obligaciones y trata bien al cliente hace otra. Un vecino que se organiza para cuidar su calle, un joven que se capacita para aprovechar los empleos que lleguen, un empresario que contrata local: ninguno de estos gestos parece gran cosa por separado. Pero, igual que en el ahorro, se acumulan, se multiplican y generan “intereses”. Una colonia limpia atrae mejores negocios, los buenos negocios generan empleo, y el empleo da recursos para mejorar los servicios. Cada vuelta del ciclo parte de una base más sólida que la anterior.
Lo mismo pasa con el río. Su saneamiento no será obra de un solo sexenio ni de una sola dependencia. Requiere inversión pública, vigilancia y exigencia, pero también una ciudadanía que no contamine, que denuncie y que participe. Un río recuperado cambia la salud, el campo, el paisaje y hasta el valor de lo que tenemos alrededor. Es un beneficio que se compone con los años, siempre que no lo interrumpamos con descuido.
Con el tren pasa algo parecido. Una nueva conexión puede acercar oportunidades, turismo, inversión y talento, pero esas oportunidades llegan a quien está preparado para recibirlas. Una ciudad ordenada, con servicios dignos, con gente amable, capacitada y orgullosa de su historia, es una ciudad a la que se quiere llegar y en la que se quiere quedar. Una ciudad desordenada deja pasar el tren, en sentido literal y figurado.
Hay que decirlo con honestidad: el interés compuesto también funciona al revés. La deuda crece sola, y el descuido también. Un problema pequeño que se ignora, como la basura, la corrupción menuda o la indiferencia, se vuelve enorme con el tiempo. Cada “al fin que nadie se da cuenta” es un retiro de la cuenta común.
Por eso conviene dejar de esperar que todo lo resuelva el gobierno, la empresa o el proyecto en turno. Ser un ciudadano positivo y proactivo no exige hazañas: exige empezar y no soltar el hábito. Participar en las decisiones locales, exigir resultados sin dejar de cumplir con lo propio, cuidar el espacio público, apoyar el comercio y el talento locales, hablar bien de Tula sin dejar de señalar con respeto lo que falta.
Nuestros hijos y nietos recibirán la ciudad que construyamos hoy, con todo y sus intereses. La buena noticia es que la tasa depende en buena parte de nosotros, y que el mejor momento para empezar a invertir en Tula es hoy, con lo que cada quien tiene a la mano: su tiempo, su ejemplo y su compromiso.











