Digámoslo con letras grandes: el río Rosas no es el río Tula. Mientras el Tula carga décadas de aguas negras, el Rosas atraviesa al menos cuatro localidades cercanas a la cabecera y fue el último cuerpo de aguas limpias del municipio. Especialistas ya lo han dicho: el río Rosas tiene un potencial turístico muy grande, pero poco a poco se contamina por descargas industriales y también de casas. Es decir, la joya está ahí, brillando, y también está en riesgo.
Mi apunte tolteca: el guerrero reconoce lo valioso antes de perderlo. Limpiar un río herido cuesta años, miles de millones y mucha paciencia, como ya lo estamos viendo con el Tula. Cuidar uno que todavía respira cuesta mucho menos. El Rosas es nuestra oportunidad de hacerlo bien desde el principio, con la sabiduría de quien ya aprendió la lección. El Rosas no está del todo limpio pero su nivel de contaminantes es mucho menor.
Ahora imagina ese río convertido en el alma turística de Tula. Ciclovías y caminos por la ribera, paseos en familia, picnics bajo los árboles, fondas y restaurantes con vista al agua, música en vivo al atardecer, mercaditos de artesanías y comida de las comunidades vecinas. Y por qué no, proyectos de siembra de peces, siempre que las autoridades confirmen primero que la calidad del agua lo permite. Un turismo que se esparce más allá de la zona arqueológica y llega a barrios y pueblos que merecen estar en el mapa.
Pero para soñar así hay que cerrar la llave de la contaminación. En las jornadas de limpieza del río Rosas, cientos de voluntarios recogieron seis toneladas de residuos sólidos a lo largo de dos kilómetros, y se informó que se han detectado 180 descargas, la mayoría de casas cercanas al cauce, que serían captadas por colectores. Además, el ayuntamiento aseguró que el Rosas está siendo considerado dentro del proyecto de colectores marginales. Buenas noticias, pero también hay vecinos que ya han denunciado malos olores en la zona urbana, así que la vigilancia no puede aflojar.
Y aquí entra cada quien: conectarse bien al drenaje, no arrojar basura al cauce, denunciar vertidos y sumarse a las jornadas. Las comunidades de la ribera pueden ser las primeras guardianas y las primeras beneficiadas, con fondas, guías, artesanías, hospedaje y música propia. Un río bonito bien cuidado se convierte en empleo, orgullo y raíz.
La mirada hacia adelante es clara: el río Rosas puede ser el ejemplo de que en Tula sí sabemos proteger lo que amamos. Si ya sabemos lo difícil que es rescatar un río, ¿por qué no cuidar hoy el que todavía podemos salvar?












