La región de Tula puede presumir cada vez más opciones para estudiar una licenciatura, una ingeniería o una carrera técnica. Eso es positivo porque evita que muchos jóvenes tengan que emigrar para continuar sus estudios. Pero hay una discusión mucho más incómoda que casi nadie quiere tener: abrir universidades, aumentar matrícula y entregar títulos no significa automáticamente elevar el nivel académico de una región. Cantidad no es calidad.
Los propios números obligan a mirar el tema con mayor profundidad. Para el ciclo 2023-2024, la Secretaría de Educación Pública ubicó la cobertura total de educación superior de Hidalgo en 39.4%, mientras el promedio nacional era de 43.8%. Es decir, todavía existe un problema de acceso, pero ampliar únicamente el número de lugares tampoco resuelve el segundo desafío: qué tan preparados salen quienes sí logran entrar y terminar una carrera.
Y esto no es solamente una discusión local. México pasó de alrededor de 2.5 millones de estudiantes universitarios en 2005-2006 a 5.5 millones en 2024-2025. En ese último ciclo había 4 mil 533 instituciones de educación superior y más de 469 mil docentes. El país hizo un enorme esfuerzo de expansión, pero ahora viene la parte más difícil: demostrar que ese crecimiento produjo mejores conocimientos, mejores capacidades profesionales y egresados capaces de competir.
El propio Programa Nacional de Educación Superior 2026-2030 de la SEP reconoce que las universidades deben fortalecer pensamiento crítico, habilidades STEM, alfabetización digital, resolución de problemas complejos, creatividad, adaptación y aprendizaje permanente. También plantea aumentar la evaluación y acreditación de programas y, algo particularmente revelador, crear un sistema nacional de seguimiento de egresados para conocer la pertinencia de lo que están enseñando las instituciones.
Ese último punto debería aplicarse con mucha mayor fuerza en Tula. ¿Cuántos egresados de cada universidad consiguen empleo relacionado con lo que estudiaron seis meses después de graduarse? ¿Cuánto ganan? ¿Cuántos dominan inglés? ¿Cuántos pueden utilizar herramientas avanzadas de inteligencia artificial, análisis de datos, automatización o software especializado? ¿Cuántas carreras tienen acreditaciones externas? ¿Cuántos profesores combinan formación académica con experiencia real en las industrias que enseñan? Sin esos datos, presumir matrícula es relativamente sencillo; demostrar calidad es otra cosa.
Existe además una señal económica que no debería ignorarse. El Observatorio Laboral, utilizando información de la ENOE de INEGI, reportaba alrededor de 250 mil profesionistas ocupados en Hidalgo con un ingreso mensual promedio de 12 mil 699 pesos. En Querétaro el promedio era de 18 mil 323 pesos y en Nuevo León de 20 mil 882 pesos. El salario no depende únicamente de la universidad —también intervienen productividad, estructura económica, carrera, experiencia y características del mercado laboral—, pero la distancia ayuda a dimensionar el nivel de competencia al que se enfrenta un joven hidalguense cuando pretende salir al mercado nacional.
Por eso debemos dejar de vender a los jóvenes una idea peligrosa: “estudia una carrera y con eso será suficiente”. Ya no lo es. El título abre una puerta, pero difícilmente garantiza permanecer dentro. Un recién egresado de Tula no solamente compite contra otro joven de Tula; compite contra profesionistas de Querétaro, Monterrey, Ciudad de México, Guadalajara e incluso contra trabajadores remotos de otros países.
Aquí también aparece una responsabilidad individual que pocas veces se dice abiertamente. El universitario moderno tiene que convertirse en autodidacta. Si la escuela le enseña cinco herramientas, debe aprender otras cinco por su cuenta. Debe leer fuera del programa, mejorar su inglés, dominar inteligencia artificial, aprender Excel avanzado, análisis de datos, comunicación, negociación y herramientas específicas de su profesión. Necesita certificaciones, proyectos reales, prácticas, portafolio y experiencia antes de graduarse. Esperar cuatro años a que exclusivamente el profesor entregue todo el conocimiento necesario es una fórmula que cada día funciona menos.
Pero tampoco sería justo descargar toda la responsabilidad en el estudiante. Las universidades tienen que elevar la exigencia. Aprobar por aprobar perjudica al alumno. Profesores sin actualización perjudican al alumno. Planes de estudio que llevan años sin responder a la industria perjudican al alumno. Laboratorios deficientes, poco inglés, escasa investigación, nula vinculación empresarial y prácticas profesionales simuladas terminan apareciendo después en una entrevista de trabajo.
Tula necesita universidades, sí, pero necesita todavía más universidades exigentes. Instituciones que publiquen indicadores de empleabilidad, sometan sus carreras a evaluaciones externas, escuchen a las empresas, actualicen sus programas cada pocos años y sean capaces de decir cuántos de sus egresados realmente están compitiendo en puestos profesionales de alto nivel.
No se trata de desprestigiar a ninguna institución ni de afirmar, sin una evaluación comparable, que una universidad local es mejor o peor que otra. De hecho, la falta de información pública homogénea para comparar resultados entre universidades es parte del problema.
El siguiente gran salto educativo de Tula no consiste en inaugurar otro edificio universitario. Consiste en conseguir que un joven formado aquí pueda sentarse frente a un egresado de cualquier universidad del país —o del mundo— y competir de tú a tú por el mismo puesto. Ahí es donde realmente se mide la calidad.













