En los últimos meses, diversas figuras de la política estatal hidalguense han intensificado notablemente su presencia en redes sociales. Videos, transmisiones en vivo, fotografías y mensajes cotidianos buscan construir cercanía con la gente. El objetivo es posicionarse con anticipación rumbo a las próximas elecciones.
Las redes se han convertido en una arena política donde se mide popularidad, alcance y capacidad de movilizar simpatías. Para algunos actores, esta estrategia ha funcionado. El contacto constante con la gente, la exposición de actividades públicas y el intento de mostrarse accesibles puede fortalecer su imagen y generar simpatía entre sectores del electorado.
Sin embargo, la exposición también tiene su lado menos favorable. En otros casos, la hiperactividad digital ha terminado por exhibir contradicciones, improvisaciones o una evidente ansiedad por figurar. Lo que pretendía ser una estrategia de posicionamiento termina convirtiéndose en una vitrina donde la ciudadanía observa con mayor detalle errores, incongruencias o simples excesos de protagonismo.
Las redes sociales, en ese sentido, son un arma de dos filos. Acercan, pero también desnudan. Amplifican los mensajes positivos, pero igualmente multiplican las críticas. Y en política, donde la percepción pública lo es todo, cada publicación puede sumar o restar.
Tal vez la lección más importante es que no basta con aparecer más. La visibilidad sin sustancia suele terminar siendo contraproducente. Y aunque algunos parecen no advertirlo todavía, en ocasiones tanta exposición solo ayuda a que la gente tenga más claro por quién definitivamente no quiere votar.

















