En México, el Día de Muertos también se celebra con palabras. Entre ofrendas, flores y recuerdos, las calaveritas literarias invitan a imaginar a la Muerte visitando una escuela, buscando a un amigo o enfrentándose con alguien que tiene demasiados pendientes para acompañarla. Son pequeñas historias en verso donde el humor permite hablar de la vida, reconocer nuestras costumbres y reírnos un poco de nosotros mismos.

La Secretaría de Educación Pública las describe como composiciones humorísticas asociadas a esta festividad, en las que se juega con la muerte y con las características de personajes conocidos. Su encanto está en que el lector reconozca a alguien y sonría ante una situación imposible, pero ingeniosa.

Aunque existen formas habituales de escribirlas, no hay una única fórmula obligatoria para todas las calaveritas. Una guía de Prepa en Línea-SEP señala como recursos frecuentes las estrofas de cuatro versos y los versos de ocho sílabas. Son herramientas que ayudan a dar musicalidad al texto; si se participa en un concurso, además deben revisarse sus requisitos particulares.

Primero hay que encontrar al personaje y su historia

Antes de buscar palabras que rimen, conviene decidir a quién estará dedicada la calaverita. Puede ser una maestra, un panadero, una abuela, un periodista o cualquier persona cuyo oficio o forma de ser ofrezca una buena idea. Después se elige un rasgo reconocible: siempre llega tarde, conversa demasiado, prepara un café delicioso o nunca deja de trabajar.

Ese detalle será el motor del relato. Si el personaje es un maestro muy exigente, la Muerte podría llegar a buscarlo y terminar resolviendo un examen. Si se trata de un periodista, quizá la Calaca quiera llevárselo, pero acabe concediéndole una entrevista. La historia funciona mejor cuando el encuentro con la Muerte se relaciona con algo propio del protagonista.

Una manera sencilla de organizarla consiste en plantear tres momentos: presentar al personaje, narrar la llegada de la Muerte y resolver el encuentro con una sorpresa. Para un primer intento pueden bastar tres estrofas de cuatro versos, una para cada momento. Esta extensión es una propuesta práctica, no una regla del género.

La rima debe acompañar lo que queremos contar

Cada renglón del poema es un verso; un conjunto de versos forma una estrofa. Para empezar resulta útil alternar las rimas: el primer verso rima con el tercero y el segundo con el cuarto, siguiendo el esquema ABAB que presenta la guía de la SEP.

La rima consonante repite vocales y consonantes desde la última vocal acentuada, como sucede con “salón” y “sermón”. La asonante repite únicamente las vocales desde ese punto, como en “casa” y “rama”. Ambas pueden servir; lo importante es cuidar el sonido y evitar que una palabra aparezca únicamente para completar una terminación.

Antes de redactar, ayuda preparar un pequeño banco de palabras relacionadas con la historia. Para una escuela podrían anotarse “lección”, “pizarrón”, “salón” y “sermón”. Después se eligen las que permitan contar algo con naturalidad. Si una frase resulta incomprensible o demasiado rebuscada, conviene cambiarla, aunque la rima parezca perfecta.

El ritmo se escucha, pero también se trabaja

El octosílabo, un verso de ocho sílabas métricas, es una opción habitual. Para contar esas sílabas hay que considerar que, al recitar, la vocal final de una palabra puede unirse con la inicial de la siguiente: ese enlace se llama sinalefa. Además, si el verso termina en palabra aguda se suma una sílaba; si termina en esdrújula se resta una; si termina en palabra llana, la cuenta se mantiene.

Por ejemplo, “La Flaca llegó al salón” tiene ocho sílabas métricas: al unir “llegó al” se cuentan siete, y se añade una porque “salón” es aguda. Al comenzar, leer en voz alta ayuda a detectar versos demasiado largos, pausas incómodas o palabras que entorpecen la lectura.

Este ejemplo original muestra una estrofa breve, con versos octosílabos y rima alternada:

La Flaca llegó al salón
con ganas de preguntar,
y salió con un sermón
y diez problemas que estudiar.

“Salón” rima con “sermón”, mientras “preguntar” rima con “estudiar”. El pequeño giro está en que la visitante termina recibiendo tareas: la Muerte entra en una situación cotidiana y sale afectada por ella.

El remate es la última oportunidad de provocar una sonrisa

Una buena calaverita prepara su desenlace. La sorpresa debe surgir de la historia: el maestro pone a estudiar a la Calaca, el comerciante le vende algo o el impuntual llega cuando ella ya se fue. La Muerte puede llevarse al personaje, salir derrotada o quedarse a convivir; lo esencial es que el cierre tenga sentido y sea memorable.

El humor también necesita sensibilidad. Para una dedicatoria familiar o escolar, suele funcionar mejor jugar con hábitos y anécdotas compartidas que utilizar asuntos dolorosos o humillantes. La sátira puede ser aguda sin perder ingenio: una observación precisa suele provocar más gracia que un insulto.

Antes de darla por terminada, conviene leerla completa, corregir la ortografía y preguntarse si se entiende quién aparece, qué sucede y dónde está la sorpresa. La mejor calaverita cuenta una historia reconocible, suena bien y deja una sonrisa. Escribirla permite participar en una tradición mexicana que sigue viva cada vez que alguien encuentra una nueva travesura para la Calaca.