Con su sombrero adornado y su sonrisa de huesos, la Catrina se ha convertido en una presencia entrañable del Día de Muertos. La encontramos en artesanías, ilustraciones y rostros maquillados que celebran una de las tradiciones más queridas de México. Su historia comienza en el mundo del grabado y la crítica social: antes de convertirse en un símbolo de nuestra cultura, fue una imagen que invitaba a mirar con humor las pretensiones de la sociedad.
Su origen está en la obra de José Guadalupe Posada, grabador e ilustrador nacido en Aguascalientes en 1852. Sus imágenes acompañaban noticias, canciones, relatos y versos populares. Entre sus personajes más recordados están las calaveras, con las que retrató comportamientos y contradicciones de la sociedad mexicana. De ese universo surgió, a principios del siglo XX, la figura conocida como Calavera Garbancera, antecedente de la Catrina.
La imagen original mostraba una calavera con un sombrero ostentoso, adornado al estilo de la moda europea. Todavía carecía del vestido largo con el que hoy la identificamos. Según la interpretación difundida por la Secretaría de Cultura, aquella figura satirizaba a quienes pretendían aparentar una posición social que no tenían y renegaban de sus raíces indígenas para imitar costumbres europeas. Debajo del sombrero elegante seguían estando los mismos huesos.
El nombre de “garbancera” se relacionaba con vendedores de garbanzo y con esa crítica a las aspiraciones sociales y las apariencias. La fuerza de la imagen estaba en su ironía: bastaba una calavera adornada para poner en duda la importancia que se daba al dinero, la vestimenta o el prestigio. Vista de esa manera, su sonrisa sigue planteando una pregunta cercana: cuánto de lo que mostramos responde a quienes somos y cuánto al deseo de impresionar.
Décadas después, Diego Rivera le dio una nueva dimensión. En 1947 la incorporó a su mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central, donde aparece de cuerpo completo y elegantemente vestida. Esa representación fue decisiva para consolidar la imagen que hoy reconocemos: una figura de porte distinguido que reúne la imaginación de Posada con la mirada del muralista.
Aunque suele contarse que Rivera la bautizó al realizar ese mural, el nombre “Calavera Catrina” ya aparecía en una recopilación de la obra de Posada publicada en 1930. La palabra se relaciona con “catrín”, utilizada para describir a un hombre elegante y bien vestido. Esta precisión permite reconocer que el personaje fue adquiriendo su identidad a lo largo del tiempo, entre publicaciones, reinterpretaciones artísticas y apropiaciones populares.
Con los años, la Catrina salió del papel y del mural para encontrar nuevas formas en las manos de los artesanos y en la creatividad de quienes la representan. Su incorporación al Día de Muertos la convirtió en uno de los símbolos más reconocibles de la celebración. La figura que hoy conocemos es una creación artística moderna, que se integró a una tradición más antigua y diversa de honrar a los difuntos.
Conocer su origen permite apreciarla más allá del maquillaje y del vestido. En ella conviven el humor, el arte y una reflexión sobre nuestra manera de vivir. Su elegancia puede leerse como una invitación a disfrutar la belleza sin olvidar lo esencial: las personas, los afectos y las raíces que nos acompañan.
Quizá por eso la Catrina resulta tan cercana. Entre flores y recuerdos, su sonrisa nos permite mirar la muerte desde la imaginación y encontrar, en esa mirada, una razón para valorar la vida. Nació entre la tinta y la ironía; hoy también forma parte del cariño con el que México recuerda.













