Durante décadas, miles de habitantes de la región Tula han vivido rodeados de un problema que no eligieron: la contaminación. El Río Tula, la Presa Endhó y otros puntos de la zona se convirtieron con el paso de los años en símbolos de una deuda ambiental que durante demasiado tiempo pareció normalizarse.

Pero detrás de las estadísticas, los estudios y los discursos hay personas. Familias que viven cerca de aguas contaminadas, comunidades preocupadas por su salud y ciudadanos que llevan años preguntando qué consecuencias tiene para ellos habitar en una de las regiones ambientalmente más castigadas del país.

Por eso es importante que algo comience a cambiar.

Las reuniones entre autoridades municipales, estatales y federales con representantes de las comunidades son una buena señal. No porque una reunión resuelva décadas de contaminación, sino porque ninguna solución seria puede construirse ignorando a quienes padecen directamente el problema.

La gente debe estar enterada. Debe conocer qué se está haciendo, cuáles son los proyectos, cuánto dinero se destinará, cuáles serán los plazos y, sobre todo, qué resultados pueden esperarse.

Pero también debe ser escuchada.

Mientras mayor sea la participación social y mayor sea la información disponible, mejores condiciones existirán para vigilar que los compromisos realmente se conviertan en acciones.

Durante muchos años, los habitantes de esta región han escuchado diagnósticos, anuncios y promesas. Ahora necesitan resultados.

Hay que reconocer que comienza a existir una mayor conciencia sobre la dimensión de la problemática ambiental de Tula y sobre la necesidad de atenderla como un asunto de justicia ambiental y social.

Las reuniones con ciudadanos son vitales y deben multiplicarse. También deben convertirse en espacios abiertos, transparentes y permanentes.

Porque muchas veces las comunidades no están pidiendo privilegios ni cosas extraordinarias. Están pidiendo algo tan elemental como ser escuchadas.

Y cuando están de por medio el agua que utilizan, el aire que respiran, el lugar donde crecen sus hijos y, eventualmente, su propia salud y su vida, escucharlas deja de ser una cortesía política.

Es una obligación.

La región Tula ha esperado durante décadas.

Que hoy exista mayor atención representa una oportunidad que no debe desperdiciarse. Que participen los gobiernos, pero también los especialistas, las organizaciones y, principalmente, quienes viven todos los días las consecuencias.

Porque el saneamiento del Río Tula y de la Presa Endhó no solamente debe hacerse para la gente.

Debe hacerse con la gente.