El reciente hallazgo de la Señora de la Falda de Estrellas, descubierto por el equipo encabezado por la arqueóloga Noemí Castillo en las excavaciones de Tehuacán el Viejo, abre una ventana privilegiada hacia la compleja cosmovisión de los pueblos originarios que habitaron el valle. La escultura, de aproximadamente un metro de altura, destaca no solo por su imponente presencia, sino por la riqueza simbólica que resguarda en cada uno de sus elementos.
Sus extremidades terminan en garras, un rasgo que evoca la fuerza y el carácter liminal de las deidades capaces de transitar entre mundos. Las manos, talladas como garras de ave —posiblemente de águila—, remiten al origen celestial de las entidades que, según la tradición mesoamericana, mediaban entre el cielo y la tierra. El rostro, con rasgos de calavera semejantes a los de Coatlicue, refuerza la dualidad vida‑muerte que atraviesa la espiritualidad indígena.
Pero es su falda, adornada con símbolos de estrellas y constelaciones, la que otorga a la pieza un carácter excepcional. Este diseño no solo evidencia la maestría lapidaria de la cultura nguiwa (popoloca), sino también su profundo conocimiento del firmamento, donde cada estrella era guía, calendario y relato. La escultura se convierte así en un testimonio tangible de cómo estas comunidades integraban el cielo en su vida cotidiana, en sus rituales y en su identidad colectiva.
Hoy, la Señora de la Falda de Estrellas forma parte del acervo del Museo de Sitio de la Zona Arqueológica Ndachjian‑Tehuacán, donde se resguarda como un recordatorio de la grandeza cultural que floreció en la región. Su presencia invita a reconocer que, detrás de cada piedra tallada, late una historia que conecta a los pueblos originarios con sus raíces, su territorio y su visión del universo.













