La presa Endhó necesita soluciones. También necesita que abramos las puertas a quienes pueden ayudar a encontrarlas: investigadores, universidades, especialistas y comunidades dispuestas a trabajar con un objetivo común. Frente a un problema que lleva demasiado tiempo afectando a la región, quedarnos inmóviles no puede ser nuestra respuesta.
La prueba de un producto descrito como herbicida biológico contra el lirio acuático, realizada en un tramo del río cercano al puente de Michimaloya, pone sobre la mesa una posibilidad que debe investigarse. Su eficacia y su seguridad ambiental todavía están por comprobarse. Los cambios observados en la vegetación después de la aplicación no bastan para declarar un éxito.
Pero esa incertidumbre debe conducirnos a estudiar, medir y verificar. Lo que todavía no sabemos es una razón para investigar, no para renunciar al conocimiento.
Tula necesita esa disposición. Escuchar propuestas, hacer preguntas y exigir evidencia. Dar espacio a nuevas alternativas sin convertir la esperanza en una aprobación automática ni la desconfianza en un rechazo anticipado.
Que un producto se presente como “biológico” no demuestra, por sí mismo, que sea inocuo. Es necesario conocer su composición, cómo actúa y qué efectos puede tener sobre el agua y los organismos que viven en ella. También hace falta saber cuánto dura su efecto y qué ocurre con la vegetación después del tratamiento.
Abrirle la puerta a la ciencia significa aceptar que sus resultados pueden confirmar una propuesta, obligar a corregirla o demostrar que debe descartarse. Esa es precisamente su utilidad: ayudarnos a decidir con fundamentos.
La discusión sobre el lirio debe abrir una conversación mucho más amplia sobre la presa Endhó. Necesitamos convocar a especialistas de distintas disciplinas para estudiar el problema en conjunto, identificar sus causas y evaluar alternativas. El conocimiento sobre el agua, los suelos, la vegetación y la salud debe encontrarse con la experiencia de quienes habitan este territorio.
Los vecinos tienen mucho que aportar. Conocen los cambios que observan en su entorno y las afectaciones que enfrentan cotidianamente. Su participación debe formar parte de las investigaciones y de las decisiones. Nadie debería estudiar esta región de espaldas a sus habitantes.
Tampoco podemos reducir el saneamiento a retirar lo que se ve en la superficie. El control del lirio debe integrarse a una estrategia que atienda la calidad del agua y las fuentes de contaminación. Una presa visualmente despejada no equivale, por sí sola, a una presa saneada.
Por eso urge poner manos a la obra, con responsabilidades claras. Convocar a universidades y centros de investigación. Establecer protocolos para las pruebas. Contar con las autorizaciones correspondientes. Medir las condiciones antes y después de cada intervención. Dar seguimiento y publicar los resultados, incluidos aquellos que no sean favorables.
No necesitamos una sucesión de anuncios desconectados. Necesitamos un programa de trabajo con continuidad, presupuesto, vigilancia ambiental y fechas para rendir cuentas. Cada estudio debe ayudar a responder una pregunta; cada respuesta debe orientar la siguiente decisión.
A las autoridades les corresponde facilitar esa colaboración y convertir el conocimiento en acciones. A las instituciones académicas, acercar sus capacidades a una necesidad urgente. A la sociedad y a los medios, mantener la atención, preguntar y exigir resultados verificables.
La urgencia no justifica improvisar. Tampoco debe convertirse en una espera interminable bajo el argumento de que el problema es demasiado complejo.
Endhó merece que pongamos a trabajar toda la inteligencia disponible. Que vengan más investigadores, que se escuchen más propuestas y que se construyan soluciones con evidencia y participación comunitaria.
Ya hemos perdido demasiado tiempo. No perdamos también la oportunidad de aprender y actuar.













