Tula se encuentra ante una etapa de crecimiento que puede transformar por completo su economía y su entorno urbano. El tren México–Querétaro, las inversiones industriales, la construcción de vivienda y la llegada de nuevos comercios representan oportunidades extraordinarias. Sin embargo, todos estos proyectos comparten una necesidad esencial: el agua.

Podemos hablar de nuevas empresas, parques industriales, desarrollos habitacionales y miles de empleos, pero ninguna estrategia de crecimiento será sostenible si antes no garantizamos el abastecimiento para la población. El agua será uno de los mayores desafíos de Tula durante los próximos años.

Eso no significa que la región esté condenada a quedarse sin agua. Tula cuenta con recursos subterráneos y existe la capacidad técnica para localizar nuevas fuentes, estudiar los acuíferos, perforar pozos, mejorar la extracción y administrar el suministro. El problema central no parece ser solamente la inexistencia del recurso, sino la falta de inversión suficiente para extraerlo, conducirlo, almacenarlo, distribuirlo y recuperarlo responsablemente.

Durante muchos años, la infraestructura hidráulica creció por debajo de las necesidades reales de la población. Las comunidades se extendieron, aparecieron nuevos fraccionamientos y aumentó la actividad económica, pero una parte importante de las redes permaneció prácticamente igual. Hoy pagamos las consecuencias de ese rezago.

Hay tuberías antiguas, fugas, variaciones de presión, colonias con suministro irregular y sistemas que requieren modernización. En algunos lugares existe agua, pero no la infraestructura necesaria para llevarla hasta los hogares. En otros, la capacidad de almacenamiento resulta insuficiente o la distribución depende de instalaciones que trabajan al límite.

El desafío no consiste únicamente en encontrar más agua. También debemos dejar de perder la que ya tenemos. No tiene sentido perforar nuevos pozos si una parte importante del recurso termina desperdiciándose por fugas. Tampoco basta con aumentar la extracción si las redes no pueden soportar la presión, los tanques carecen de capacidad o no existen sistemas adecuados para medir el consumo.

La solución debe comenzar con un diagnóstico completo. Es necesario conocer cuánta agua se extrae, cuánta llega realmente a los hogares, cuánta se pierde en el trayecto y cuáles son las zonas que enfrentarán mayor demanda durante los próximos años. Con esa información se podrá construir un verdadero plan hidráulico regional.

Tula necesita nuevos pozos donde los estudios técnicos demuestren que son viables, pero también requiere renovar tuberías, ampliar líneas de conducción, construir tanques, mejorar cárcamos, instalar sistemas de medición y modernizar la operación de los organismos responsables del agua.

La tecnología existe. Hay mecanismos para detectar fugas, monitorear presiones, automatizar pozos, medir niveles y administrar de manera más eficiente las redes. También existe personal preparado para diseñar y ejecutar estas soluciones. Lo que falta es colocar el agua en el centro de las decisiones públicas.

Durante años, la infraestructura hidráulica ha sido menos visible políticamente que una avenida, un parque o una plaza. Las tuberías permanecen enterradas y casi nadie las observa cuando funcionan correctamente. Pero cuando fallan, paralizan comunidades completas. Invertir en agua quizá no siempre produzca la fotografía más atractiva, pero puede ser la obra más importante de una administración.

El crecimiento anunciado para Tula incrementará inevitablemente la demanda. Cada nueva vivienda, comercio, hospital, escuela o industria necesitará agua. Por ello, las autorizaciones para nuevos proyectos deben considerar desde el principio la disponibilidad del recurso y la capacidad de las redes.

No podemos permitir que primero se construyan miles de viviendas y después se descubra que no existe infraestructura para abastecerlas. Tampoco sería responsable atraer empresas sin definir de dónde obtendrán el agua, cuánto consumirán y qué harán con ella después de utilizarla.

El desarrollo debe planearse desde el agua y no intentar resolver el problema cuando las inversiones ya estén instaladas. La industria también deberá asumir responsabilidades. Las nuevas empresas deben incorporar tecnologías de ahorro, tratamiento, captación y reutilización. El agua potable debe reservarse prioritariamente para el consumo humano, mientras que determinados procesos industriales pueden utilizar agua tratada.

Tula produce enormes cantidades de aguas residuales que, después de recibir el tratamiento adecuado, podrían aprovecharse en la industria, los servicios urbanos, el riego de áreas verdes y determinadas actividades agrícolas. Cada litro reutilizado representa un litro que no necesita extraerse nuevamente del subsuelo.

También debemos mejorar la captación de agua de lluvia. Durante la temporada húmeda observamos grandes volúmenes corriendo por calles, drenajes y cauces; meses después, algunas comunidades enfrentan dificultades de abastecimiento.

Esa contradicción demuestra que no solamente necesitamos más agua. Necesitamos aprender a captarla, almacenarla, tratarla y administrarla mejor.

La discusión tampoco puede separarse del saneamiento. El agua que llega a los hogares debe regresar al ambiente en mejores condiciones. Para ello se requieren colectores, drenajes funcionales, plantas de tratamiento y vigilancia permanente sobre las descargas.

No podemos hablar de seguridad hídrica mientras continuemos contaminando ríos, presas y mantos subterráneos. Tula conoce mejor que muchas otras regiones el costo de permitir que el agua se convierta en receptora de residuos. El río Tula y la presa Endhó son recordatorios permanentes de las consecuencias de una mala planeación ambiental.

Por eso, garantizar agua para el futuro también implica proteger las fuentes que todavía tenemos. El problema rebasa los límites del municipio. Tula, Atitalaquia, Atotonilco de Tula, Tepeji del Río, Tlaxcoapan y los municipios vecinos comparten acuíferos, actividad industrial, infraestructura, contaminación y crecimiento urbano.

Cada ayuntamiento puede perforar pozos o mejorar algunas redes, pero ninguna solución aislada será suficiente. Se necesita coordinación regional entre los municipios, el Gobierno de Hidalgo, la Federación, los organismos operadores, las empresas y las comunidades. El agua no reconoce fronteras políticas. Por eso debe planearse regionalmente.

También será necesario tomar decisiones financieras. Las obras hidráulicas cuestan millones de pesos y requieren mantenimiento permanente. Si verdaderamente queremos preparar a Tula para el crecimiento, una parte importante de las nuevas inversiones públicas deberá destinarse a infraestructura que normalmente no se ve.

La discusión no debe limitarse a cuánto dinero se invierte, sino a qué tan estratégicamente se utiliza. Un peso destinado a renovar una red puede evitar la pérdida de miles de litros durante años. Un tanque bien ubicado puede mejorar el suministro de comunidades completas.

Un sistema de medición eficiente puede detectar fugas, ordenar el consumo y darle viabilidad financiera al servicio. Esto también exige responsabilidad ciudadana. No podemos reclamar agua suficiente y al mismo tiempo desperdiciarla, mantener tomas clandestinas o negarnos a pagar por un servicio indispensable. La autoridad debe cumplir, pero la población también debe reconocer que el recurso tiene un costo de extracción, conducción, tratamiento y mantenimiento.

La cultura del agua no debe utilizarse para trasladar toda la responsabilidad a las familias. El consumo doméstico responsable ayuda, pero las grandes pérdidas suelen encontrarse también en redes deterioradas, sistemas ineficientes y procesos productivos que deben modernizarse.

No podemos resolver un problema estructural únicamente pidiendo a la gente que cierre la llave mientras miles de litros escapan bajo las calles. Soy optimista porque existen alternativas. Tenemos recursos subterráneos, conocimientos técnicos, proyectos de saneamiento y una oportunidad histórica para invertir en infraestructura. Pero el tiempo para actuar es ahora, antes de que el crecimiento aumente la presión sobre un sistema ya limitado.

Tula no carece de posibilidades. Carece de la infraestructura suficiente para convertir esas posibilidades en seguridad hídrica. El futuro de la región no dependerá únicamente de cuántas empresas lleguen, cuántas viviendas se construyan o cuántos pasajeros utilicen el tren. También dependerá de nuestra capacidad para garantizar que cada familia abra la llave y encuentre agua.

Ese será uno de los verdaderos indicadores del desarrollo. El agua será uno de los mayores desafíos de Tula, pero no es un problema imposible de resolver. El recurso, la tecnología y la capacidad técnica existen. Lo que falta es inversión, coordinación y la decisión de construir desde ahora la infraestructura que exigirá el futuro.