Tula se prepara para recibir algunas de las inversiones más importantes de su historia reciente. El tren México–Querétaro, la modernización energética, el crecimiento industrial y las obras de saneamiento pueden transformar la economía regional y atraer nuevos habitantes, viviendas, comercios y servicios.
Pero existe una condición que no podemos ignorar: cada nueva inversión también representa una nueva demanda para la ciudad.
Más empresas significan más trabajadores. Más trabajadores requieren vivienda, agua, drenaje, transporte, seguridad, escuelas, hospitales y recolección de residuos. Si la economía crece más rápido que la infraestructura, el desarrollo puede terminar convirtiéndose en saturación.
Una ciudad que ya supera los 115 mil habitantes
El Censo de Población y Vivienda 2020 del INEGI registró en Tula de Allende 115 mil 107 habitantes, distribuidos en 73 localidades y 33 mil 318 viviendas particulares habitadas.
La cabecera municipal tenía 29 mil 390 habitantes; El Llano, 17 mil 332, y San Marcos, 13 mil 872.
Estas cifras revelan que Tula no es solamente su centro histórico. Es un municipio territorialmente disperso, con comunidades grandes y núcleos urbanos que requieren carreteras, transporte, alumbrado, patrullaje, agua, drenaje y recolección de basura.
El Índice de Ciudades Prósperas de ONU-Habitat proyectó que el municipio podría alcanzar 126 mil 647 habitantes en 2030. También identificó que, entre 2000 y 2015, la población creció a una tasa media anual de 1.5 por ciento, mientras que las viviendas lo hicieron a un ritmo de 2.7 por ciento.
Este dato merece especial atención: las viviendas crecieron casi al doble del ritmo de la población.
Eso significa que la ciudad se extiende territorialmente y que cada nuevo asentamiento obliga a ampliar redes, rutas, calles y servicios. No es lo mismo atender a cien familias concentradas en unas cuantas manzanas que llevar agua, drenaje, transporte y seguridad a desarrollos alejados entre sí.
El crecimiento disperso cuesta más
La relación entre expansión urbana y costo de los servicios cuenta con respaldo técnico.
La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos ha documentado que en las ciudades fragmentadas y de baja densidad resulta considerablemente más caro proporcionar agua, saneamiento, electricidad, transporte público, recolección de residuos y seguridad.
Las distancias aumentan, las rutas se alargan y se necesitan más kilómetros de tuberías, vialidades, cableado y recorridos para atender a la misma cantidad de personas.
Una investigación publicada en la revista científica Regional Science Policy & Practice, basada en municipios de Brasil, encontró que la dispersión urbana eleva los costos de servicios como educación, salud, asistencia social, infraestructura, cultura y deporte.
No se trata, por lo tanto, de una postura política o de una percepción. La evidencia demuestra que una ciudad que se expande sin orden se vuelve más cara, menos eficiente y más difícil de gobernar.
Las inversiones cambiarán la dimensión de Tula
El tren México–Querétaro tendrá una estación en Tula y forma parte de un proyecto de más de 232 kilómetros, con una inversión estimada de 144 mil millones de pesos y capacidad proyectada de hasta seis millones de pasajeros anuales en toda la ruta.
Por su parte, la nueva Central de Ciclo Combinado Francisco Pérez Ríos aportará 930 megawatts y tendrá capacidad suficiente para abastecer el equivalente aproximado de cuatro millones de hogares, de acuerdo con la Comisión Federal de Electricidad.
Cruz Azul anunció inversiones por 6 mil 500 millones de pesos para modernizar su planta, construir una nueva línea de producción y renovar su hospital. Los proyectos contemplan hasta 14 mil 200 empleos directos e indirectos.
Estas inversiones pueden modificar el mercado laboral, la demanda de vivienda y la movilidad regional. También pueden impulsar restaurantes, hoteles, talleres, comercios, transporte y nuevos proveedores.
Pero la inversión privada no sustituye la obligación pública de preparar la ciudad.
Las coberturas no cuentan toda la historia
El Tablero Hídrico de Hidalgo reportó que, en 2020, Tula tenía una cobertura de agua potable de 96.77 por ciento de la población y de alcantarillado sanitario de 97 por ciento.
Aunque los porcentajes parecen elevados, las mismas cifras significaban que aproximadamente 3 mil 700 habitantes no contaban con cobertura de agua potable y alrededor de 3 mil 450 carecían de alcantarillado sanitario, de acuerdo con un cálculo realizado a partir de los totales publicados por la Comisión Estatal del Agua y Alcantarillado.
Además, tener una toma o una tubería no garantiza suministro diario, presión suficiente, calidad adecuada ni capacidad para responder a una mayor demanda.
Las redes envejecen, las fugas aumentan y los tanques, pozos y líneas de conducción tienen límites. Si llegan nuevas viviendas e industrias sin ampliar previamente la infraestructura, la cobertura puede mantenerse en los documentos mientras el servicio se deteriora en la vida diaria.
Lo mismo sucede con el drenaje. Una vivienda puede aparecer conectada, pero el sistema receptor puede ser antiguo, insuficiente o descargar en sitios que no cuentan con tratamiento.
Las obras de saneamiento que actualmente se desarrollan muestran la magnitud del rezago. El Gobierno de México informó una inversión conjunta superior a 900 millones de pesos para el río Tula, incluyendo 38 kilómetros de colectores, protección contra inundaciones y acciones de recuperación ambiental.
No solamente se trata de agua y drenaje
La presión también llegará a la movilidad. Una estación ferroviaria atraerá pasajeros, taxis, transporte colectivo, vehículos particulares, comercios y desarrollos inmobiliarios.
Si no se diseñan accesos adecuados, estacionamientos, rutas alimentadoras y cruces seguros, el beneficio del tren podría venir acompañado de congestionamientos.
La recolección de basura deberá responder al crecimiento de viviendas, negocios e industrias. No bastará con comprar más camiones: serán necesarias rutas eficientes, personal, estaciones de transferencia, separación de residuos y sitios de disposición final ambientalmente seguros.
También deberá fortalecerse la seguridad pública. Una ciudad con mayor actividad económica, más visitantes y nuevos corredores comerciales necesita vigilancia, iluminación, respuesta rápida, protección civil y cuerpos de emergencia capaces de atender incidentes industriales, viales y urbanos.
La demanda llegará igualmente a hospitales, escuelas, mercados, parques, unidades deportivas y oficinas públicas.
El verdadero desarrollo no se mide únicamente por el número de empresas instaladas, sino por la capacidad de la ciudad para conservar su calidad de vida mientras crece.
Primero la infraestructura, después la saturación
Cada fraccionamiento nuevo debe acreditar de dónde obtendrá agua, cómo descargará sus aguas residuales, qué vialidades utilizará y quién prestará los servicios.
Cada desarrollo industrial debe presentar soluciones reales para su consumo de agua, movilidad, residuos, drenaje y seguridad.
No podemos seguir con el modelo de construir primero y resolver después.
Los inversionistas también tienen responsabilidades. Si un proyecto inmobiliario o comercial genera nuevas necesidades, una parte de la infraestructura deberá formar parte de la propia inversión. No sería justo trasladar completamente el costo al municipio y, finalmente, a los contribuyentes.
Tula necesita un programa de infraestructura con proyecciones de población, vivienda, empleo y movilidad para los siguientes 10, 20 y 30 años.
Ese programa debe identificar dónde crecerá la ciudad, qué redes se encuentran al límite, cuántas unidades adicionales serán necesarias y cuánto costará garantizar los servicios.
El desarrollo debe sentirse en la vida diaria
Una ciudad puede anunciar inversiones millonarias y, al mismo tiempo, tener colonias sin agua suficiente, calles saturadas o comunidades con recolección irregular.
Cuando eso ocurre, existe crecimiento económico, pero no necesariamente desarrollo.
El desarrollo verdadero se percibe cuando disminuyen los tiempos de traslado, mejora el suministro de agua, las calles están iluminadas, la basura se recoge oportunamente y las familias encuentran escuelas, hospitales y espacios públicos cerca de sus hogares.
Tula tiene una oportunidad histórica. Las inversiones pueden fortalecer la economía, generar empleos y cambiar la imagen de la región. Pero el éxito dependerá de nuestra capacidad para anticiparnos.
Los servicios públicos no pueden correr detrás del crecimiento. Deben avanzar junto con él.
Por cada nueva fábrica debemos preguntarnos cuánta agua, movilidad y seguridad requerirá. Por cada nuevo fraccionamiento, cuántas escuelas, rutas, patrullas y toneladas de residuos adicionales generará. Por cada inversión anunciada, qué infraestructura deberá construirse para recibirla.
Tula no debe tenerle miedo al desarrollo, pero tampoco puede recibirlo sin estar preparada.
La población y las inversiones crecerán. La gran responsabilidad de los próximos años será conseguir que el agua, el drenaje, la movilidad, la seguridad, la salud y la recolección de residuos crezcan al mismo ritmo.
De lo contrario, la prosperidad que hoy celebramos podría convertirse mañana en una ciudad rebasada por su propio éxito.













