A las familias de Tula y comunidades de la región.
A los que perdieron todo, a los que con generosidad lo dieron todo,
Al pueblo que aun lleva todo en la memoria y en la vida.
Hace 5 años, la noche del día 6 y la madrugada del día 7 de septiembre, el río Tula se metió en nuestras casas, en nuestros negocios, en el hospital, en nuestra historia. No fue sólo el agua. Fue miedo, fueron pérdidas, fueron vidas humanas que no debieron irse. Hoy hacemos memoria y elevamos nuestras oraciones a Dios, para no quedarnos con el dolor, sino para hacer memoria de un compromiso que nos debe mantener unidos y llenos de esperanza.
Como Iglesia, queremos decirles:
1. No hemos olvidado y no olvidamos a los más frágiles.
Nuestro primer pensamiento es para las 17 vidas que se perdieron en el hospital, para los adultos mayores, para los enfermos, para las familias de ellos y las familias de las Colonias que vieron irse en horas el patrimonio de toda una vida. La inundación reveló, con crudeza, quienes son los más vulnerables y quienes pagan primero y más caro cuando algo falla. La opción preferencial por los pobres no es una frase; en Tula tiene rostro, domicilio, nombre. Como comunidad de fe, sigamos estando allí, con ellos y para ellos.
Hace 5 años vimos lo mejor de Tula, en medio de la desgracia: la solidaridad que sacó lanchas, la mano que cargó al vecino, el joven que regaló su tiempo… Esa fraternidad es nuestra reserva moral. No la perdamos y que no quede solo en el recuerdo porque cada día hay nuevos retos.
2. El dolor que pudo evitarse nos obliga a decir la verdad con caridad.
La fe nos pide consolar, pero también iluminar la conciencia. Lo que pasó el 7 de septiembre no fue solo una desgracia natural. Fue la suma de una lluvia atípica, sí, pero también de decisiones humanas: la falta de mantenimiento y regulación del Río Tula, el desfogue de presas sin aviso suficiente y coordinado a la población, la ocupación de zonas de riesgo sin planeación, la ausencia de un sistema de alerta temprano que realmente llegara a todos y de protocolos claros de protección civil.
Decirlo no es buscar culpables para dividir, es tomar conciencia de asumir las responsabilidades para no repetir. Evitemos que el agua vuelva a llevarse la vida de una familia y su patrimonio, ya que es una obligación moral y jurídica de todos.
3. Una invitación y llamado a la corresponsabilidad.
Por eso, con respeto pero con firmeza, como Iglesia que peregrina en esta ciudad:
A las autoridades de los tres órdenes de gobierno, a Conagua les pedimos que no se normalice la emergencia. Tula no puede vivir cada temporada de lluvias con miedo. Urgen obras hidráulicas concluidas y con mantenimiento real, no solo anunciadas; un manejo de la presa de manera transparente y con enfoque humano, no solo técnico; Atlas de riesgo actualizados y vinculantes; y una reubicación digna y apoyos efectivos para quienes viven en riesgo inminente. La protección de la vida no puede estar subordinada a otros intereses.
A nosotros como sociedad tulense nos toca: dejar de ver el Río como basurero, respetar y exigir que se respeten las zonas federales, organizarnos por calles y colonias con planes de emergencia, y no perder la capacidad de cuidarnos unos a otros. La resiliencia no es acostumbrarnos a inundarnos.
Hoy elevamos nuestra oración por los difuntos y por cada familia que aún no termina de recuperarse. Que la Santísima Virgen María y San José, Patrono de nuestra Parroquia y de nuestra Diócesis, nos cubran con su intercesión y nos recuerden que somos custodios unos de otros como verdaderos hermanos.
Que este V Aniversario no sea solo un recuerdo triste en el calendario y en nuestra vida, sino el reinicio de una Tula más justa, más segura, más fraterna, más solidaria, más humana.
Con cercanía y esperanza,
Por la Iglesia que peregrina en Tula:
Mons. Juan Pedro Juárez Meléndez
IV Obispo de Tula













