En Hidalgo, los números recientes obligan a una reflexión más profunda. Se reportaron 23 homicidios en el periodo más reciente, además de un feminicidio en Atotonilco de Tula. En el primer trimestre del año, se abrieron 24 carpetas de investigación por la muerte de 24 mujeres, pero únicamente uno de estos casos se investiga como feminicidio.
Más allá de las cifras, el dato revela una realidad inquietante: no toda la violencia está siendo reconocida como tal.
Aunque la mayoría de los casos se clasifican como homicidios culposos, muchos relacionados con accidentes, el problema no se reduce a la estadística. La violencia contra las mujeres no comienza con un delito grave, se origina en lo cotidiano: en el trato desigual, en la descalificación constante, en la falta de respeto en el trabajo, en casa o en una relación.
Ese es el punto que pocas veces se quiere ver.
Mientras la atención se concentra en los hechos más graves, existe una violencia persistente y silenciosa que se repite todos los días. Está en comentarios, actitudes y conductas normalizadas que, aunque no siempre se denuncian, terminan por vulnerar la dignidad y seguridad de las mujeres.
Frente a esto, la respuesta no puede quedarse solo en lo institucional. Claro que se necesitan sanciones más firmes, mayor vigilancia y acciones específicas, pero también es indispensable modificar la forma en que nos relacionamos.
El respeto no debe ser excepcional, debe ser la regla.
Es urgente poner atención en esos agresores que pasan desapercibidos, los que no generan escándalo, pero que ejercen violencia constante en espacios cercanos. Porque mientras esa conducta siga siendo tolerada, el problema seguirá creciendo desde la raíz.
La violencia no siempre se ve. Muchas veces se normaliza. Y ahí es donde se vuelve más peligrosa.

















