Los incendios en la región de Tula no solo movilizaron brigadas; expusieron una realidad incómoda. La coordinación entre bomberos de distintos municipios y la participación de la sociedad civil demostraron que cuando la emergencia aprieta, la solidaridad responde. Ese trabajo en equipo merece reconocimiento.
Pero apagar el fuego no resuelve el fondo.
Las llamas alcanzaron zonas naturales, espacios históricos y territorios que forman parte de la identidad colectiva, como la zona arqueológica de Tula y el cerro del Xicuco. No se trata únicamente de vegetación perdida. Es patrimonio, es memoria, es símbolo.
Cuando el daño toca lo ambiental, lo cultural y lo sagrado al mismo tiempo, la respuesta no puede quedarse en la contención.
Si hubo negligencia o intención, debe investigarse. Si hay responsables, deben sancionarse. Porque permitir que estos hechos queden impunes equivale a normalizar el deterioro de lo que nos define como región.
La solidaridad es digna de aplauso.
La impunidad, en cambio, sería inaceptable.

















