Esta semana, el Valle de México y la zona sur del estado de Hidalgo han recibido un recordatorio brutal de la fragilidad de nuestro entorno. Mientras la Zona Metropolitana del Valle de México (ZMVM) se asfixia bajo una contingencia ambiental prolongada, exacerbada por un calor atípico y la falta de viento, a pocos kilómetros, en Tepetitlán, el escenario de crisis ambiental revela una faceta distinta pero igualmente letal: el estancamiento institucional frente al lirio acuático y la plaga del mosco Cúlex.

La reciente reunión en Tepetitlán entre autoridades federales, estatales y municipales no debe ser otra foto para la posteridad o una minuta guardada en un cajón. Es el reconocimiento de un fracaso acumulado. La falta de avances en el combate al lirio no es solo un problema estético o de navegación; es el síntoma de un ecosistema en agonía que se ha convertido en el criadero perfecto para el mosquito, transformando un recurso natural en un foco de insalubridad y riesgo epidemiológico para miles de familias.

El contexto nacional es alarmante. México enfrenta una crisis medioambiental donde el cambio climático ya no es una predicción, sino una realidad que se manifiesta en contingencias atmosféricas más frecuentes y temporadas de calor que llegan antes de tiempo. Este aumento en la temperatura no solo degrada la calidad del aire que respiramos, sino que acelera los procesos biológicos de las plagas, haciendo que el tiempo para actuar contra el lirio acuático sea cada vez más corto y el costo de la inacción, mucho más alto.

Es urgente que la coordinación mostrada en los foros se traduzca en recursos etiquetados y maquinaria en campo. La recuperación ambiental de nuestra región no puede depender de la buena voluntad estacional; requiere una política de Estado que trascienda los periodos municipales y los colores partidistas.

Si no se instrumentan acciones de choque inmediatas antes de que el termómetro alcance sus picos máximos en primavera, la crisis de Tepetitlán y la contingencia de la capital serán solo el prólogo de un desastre regional de mayores proporciones. La naturaleza no negocia, y esta semana nos ha dejado claro que el tiempo de las mesas de diálogo se ha agotado: es momento de la ejecución.

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