La historia reciente del sur de Hidalgo no puede entenderse sin un fenómeno urbano que transformó por completo el mapa social de la región: la llegada masiva de familias provenientes del Valle de México en busca de una vivienda propia. Durante los años de expansión inmobiliaria en el centro del país, particularmente entre 2005 y 2015, miles de hogares encontraron en municipios periféricos una oportunidad que en la capital ya resultaba inalcanzable: comprar una casa.

Ese proceso cambió radicalmente lugares como Atotonilco de Tula.

En apenas una década, la población del municipio prácticamente se duplicó. De acuerdo con datos de INEGI, pasó de poco más de 31 mil habitantes en 2010 a más de 62 mil en 2020. Detrás de esa cifra hay una historia clara: miles de familias que dejaron la Ciudad de México y su zona metropolitana para empezar una nueva vida en el sur de Hidalgo.

El fenómeno no fue aislado. Basta mirar a unos kilómetros de distancia, en Huehuetoca, Estado de México, donde el fraccionamiento Ciudad Santa Teresa llegó a proyectar cerca de 20 mil viviendas y hoy concentra una población superior a los 50 mil habitantes. Es decir, un solo fraccionamiento con la población de una ciudad completa.

Ese mismo modelo urbano de expansión habitacional llegó también a Atotonilco de Tula. Desarrollos habitacionales como los impulsados por Quma, particularmente en la zona conocida como Ciudad Bicentenario y Paseos de la Pradera, sumaron miles de viviendas en muy poco tiempo. Tan solo en la primera etapa de estos proyectos ya se contabilizaban más de tres mil casas construidas.

Pero el crecimiento urbano acelerado suele traer consigo algo más que nuevas calles y nuevas colonias.

Cuando la expansión supera la planeación, los problemas aparecen: falta de servicios, presión sobre el agua, transporte insuficiente, rezagos en infraestructura, deterioro de viviendas, inseguridad y, en muchos casos, el incumplimiento de constructoras que entregaron fraccionamientos sin el desarrollo urbano que prometieron.

En distintas zonas del país este modelo incluso terminó generando viviendas abandonadas y comunidades fracturadas.

Atotonilco de Tula no ha sido ajeno a esa complejidad. En fraccionamientos de gran tamaño, donde conviven miles de familias con historias, culturas y necesidades distintas, durante años fue común que las autoridades optaran por mirar hacia otro lado. No por desinterés necesariamente, sino porque el tamaño del reto parecía simplemente desbordar cualquier capacidad institucional.

Resolver los problemas de miles de viviendas no es tarea menor. Es enfrentar una realidad social que se construyó durante décadas.

Por eso resulta significativo lo que comienza a observarse en la actualidad. La presidenta municipal, Yocelyn Tovar Mendoza, ha decidido entrar a esas zonas, recorrerlas, escuchar directamente a la gente y entender de primera mano las problemáticas que durante mucho tiempo parecían quedar en segundo plano.

Ese gesto, que puede parecer simple, tiene un valor profundo.

Porque gobernar territorios complejos exige algo más que decisiones administrativas. Requiere cercanía, sensibilidad y voluntad de construir comunidad. Cuando una autoridad logra establecer diálogo directo con los habitantes, escuchar sus preocupaciones y generar confianza, empieza a abrirse un camino distinto para enfrentar problemas que durante años parecían enquistados.

Lo que ocurre en Atotonilco de Tula no debe interpretarse únicamente en clave política. También hay una dimensión humana que empieza a notarse: una relación más cercana entre gobierno y ciudadanía, donde incluso han surgido lazos de amistad y colaboración que ayudan a reconstruir el tejido social.

Eso no significa que los desafíos hayan desaparecido.

Los retos siguen siendo enormes: infraestructura, seguridad, servicios públicos y desarrollo urbano ordenado siguen siendo tareas pendientes. Resolver de fondo los problemas de una zona que creció tan rápido requerirá tiempo, recursos y una coordinación constante entre distintos niveles de gobierno.

Pero toda transformación comienza con algo fundamental: reconocer la realidad y decidir enfrentarla.

Y en Atotonilco de Tula esa decisión parece haber comenzado.

Hay un primer paso. Y cuando un proceso inicia por el camino correcto, también es justo decirlo. Reconocer los avances no significa ignorar lo que falta, sino señalar que, por primera vez en mucho tiempo, hay señales de atención, diálogo y trabajo conjunto.

Porque al final, abrazar esta nueva realidad urbana no es una opción para Atotonilco de Tula.

Es una necesidad histórica.

Y todo indica que el proceso, finalmente, ha comenzado.

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